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ISSN 1989-4163

NUMERO 29 - ENERO 2012

Como quien Envuelve un Pescado en Papel de Periódico

Ámsterdam, 1961

Jesús Zomeño

Un cadáver. Hay un cuerpo flotando en el canal Singel, cerca de la Estación Central. Quienes lo han visto dicen que es de un soldado francés, un desertor. Sus brazos abiertos retienen la basura que empuja la corriente, parece un ángel con plumas de desperdicios. Los niños han estado empujándolo con una pértiga para darle la vuelta, pero casi lo hunden. Han corrido la voz para que todos vayan a asomarse a la desgracia.

Berg ha venido a buscarme por si vamos juntos a ver al muerto. Toca tres veces a la puerta, acabo de levantarme, el cielo está nublado. Berg estudia medicina, pero lo hace porque tiene fijación por los cadáveres, y le gusta mirar sus ojos aunque estén cerrados. Les levanta los párpados y después registra su piel en busca de tatuajes que copia en una libreta. Mi preferido es el de un tenedor clavado en un corazón, lo llevaba en la espalda una prostituta que encontraron apuñalada detrás de la fábrica de cerveza. Al pie de cada dibujo, Berg escribe el nombre y la fecha de fallecimiento. También le gusta cocinar, pero no lo hace con frecuencia.

Estoy batiendo dos huevos para una tortilla mientras escucho a Berg quejándose de la subida del precio del queso. Le contesto que es peor ir a la guerra, pero él acaba de cambiar de tema porque ha encontrado un periódico viejo sobre la mesa. Mata Hari se instala en el Gran Hotel de París. Le pregunto si tiene hambre, le ofrezco leche y media tortilla. Ya ha desayunado. Vuelvo a la cocina mientras él sigue leyendo el periódico. No me queda pan.

Llaman a la puerta, son Van y Devoss. Ellos tampoco tienen hambre. Desde la cocina los oigo discutir acerca de la belleza. Devoss sostiene que la belleza es objetiva, Van que es un sentimiento en el espectador. Los huevos batidos cuajan en la sartén y yo me pregunto si las palabras sirven para algo. Me como de pie la tortilla, y friego mi plato y la sartén. Cuando estoy secándome las manos, me doy cuenta de que he olvidado lavar el tenedor. Se me escapan los detalles, aunque me acuerdo mucho del tatuaje de la prostituta y de su nombre. Se llamaba Saskia.

Mi sombrero está en la percha, encima del paraguas. Hoy no llueve, cojo solo el sombrero. Mis amigos se han adelantado y han llegado a la calle, será porque ellos no cuentan los escalones y bajan saltando sin darle importancia a los peldaños. A mí me gusta contar los escalones. No olvido ninguno, voy despacio. Puede que alguna vez tropiece en uno de ellos y me rompa la cabeza, pero todavía no sé en cuál.

Devoss ha traído a su perro, un animal dócil y que no ladra, se parece a su dueño. Berg habla de las prostitutas que visita cuando tiene dinero. El sexo redime la monotonía. Van sonríe sin decir nada, no sé lo que está pensando, pero se inquieta cuando advierte que lo observo, y para distraer la tensión, saca su mano del bolsillo, se encuentra con un reloj y me dice la hora. Me pregunto qué habría hecho si al sacar la mano del bolsillo hubiera encontrado una piedra o una pistola.

El perro anda suelto y de vez en cuando marca con orín alguna esquina. Berg nos apremia para que apretemos el paso, tiene prisa. Devoss cuenta lo mucho que le gustan los pechos grandes de las mujeres. Mejor cuanto más grandes. Los sopesa en el aire con ambas manos al imaginarlos enormes, como el empleado de una lechería ante las ubres de una vaca. Me hace reír. Sonrosado y pelirrojo, parece que siga viviendo en los campos de patatas que cultiva su padre en Arnhem.

Una gota resbala por el cristal de las gafas de Van. Comienza a llover. En Ámsterdam, la lluvia es un corazón inútil que sigue latiendo tirado en el suelo. Los canales evacuan el sufrimiento. Vamos a ver el cadáver de un soldado francés, pero temo que la lluvia lo aleje o que los gendarmes lo hayan sacado ya del agua, o que los niños lo hayan hundido de tanto intentar darle la vuelta.

Pasamos por delante de la casa de Rembrandt. Lo echaron porque no la pudo pagar, pero sigue siendo suya, como una maldición para cualquier otro que la compre. Yo no creo en Dios, pero sí en el infierno. Nos refugiamos de la lluvia bajo el paraguas de Van, el perro se queda fuera, aunque no parece que le moleste.

Opina Devoss que el soldado era un desertor, pero Berg opone que no iría vestido de uniforme en ese caso. Ese muerto sobra, no tiene explicación. Van ha ganado autoestima al sostener el paraguas que nos ampara a todos y se atreve a explicarnos que el uniforme es un acto simbólico en el suicidio, que representa su rendición después de haber huido de la guerra. Puede que tenga razón, pero lo que opine Van no es importante dentro del grupo.

Van es hijo de un anticuario judío y su madre es católica, pero ella no tiene dinero y eso le ha impuesto en casa cuál es el camino del paraíso. Conocer el secreto de su religión le ha hecho sentirse inseguro y vulnerable, por eso lleva siempre paraguas.

Devoss se ata el zapato frente al 263 de Prinsengracht. Berg insiste para que lleguemos antes de que saquen el cadáver. A mí no me importa, ni siquiera sé si me asomaré para verlo flotar. Van se queda mirando fijamente la superficie del agua, la tragedia le atrae. Tengo la espalda mojada, no es bastante un paraguas para los cuatro. Es domingo, me hubiese gustado quedarme en casa leyendo un libro. Devoss hace doble nudo en su zapato izquierdo, se previene de la desgracia. Es supersticioso, me pregunto si hubiera desconfiado lo mismo del pie derecho.

Estamos en abril, la gente coloca macetas con flores en las ventanas. Ha dejado de llover. Una ligera brisa refresca el ambiente, es suficiente para ser feliz. Nuestra conciencia brilla en los adoquines. Me pregunto si con ellos tendríamos que levantar barricadas. Devoss ya está listo para seguir, el doble nudo le ha refortalecido y se siente capaz de todo. Sin embargo, Berg y Van se han adelantado unos cientos de metros por los que no estoy dispuesto a correr. Me miro la punta de los zapatos, cada uno señala a un lado. Le digo a Devoss que yo me quedo, que no voy a ninguna parte. Se encoge de hombros y me da la mano como quien envuelve un pescado en papel de periódico. Un muerto flácido y húmedo. El perro ladra. Ha resultado sencillo, nadie esperaba nada de mí y no me echarán de menos.

Un hilo fino sostiene en alto a las personas por encima del suelo, y no sabemos cuándo se ha de romper. Esa altura nos permite ser felices. En mi caso, el hilo se rompió hace mucho tiempo y con él me he cosido un botón. Me conformo con encontrarle un sentido práctico a la vida.

Recuerdo bien que me falta pan en casa, pero de lo que no estoy seguro es de por qué maté anoche al soldado francés. Lo vi acercarse con su uniforme de los grandes acontecimientos y le sonreí por si acaso venía disfrazado, pero no me devolvió el saludo y le empujé. Yo venía preocupado tan solo de no romper los huevos que había comprado para una tortilla y me pareció una provocación ese acto de soberbia de querer darle tanta importancia a la vida como para ir a la guerra.

Devoss me grita para recordarme lo de ir esta tarde a casa de Van a escuchar su gramófono. Me giro y levanto la mano, mi gesto no quiere decir nada pero es suficiente para que me entienda.

 

Publicado originalmente en el número 28 de Eñe. Revista para leer | Cosecha Eñe 2011. Invierno 2011. | www.revistaeñe.com | @revistaparaleer

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